Caminando, tipo 7:30 de la tarde, por aquel maravilloso arrabal que rodea el metro Bellas Artes y mirando el bar que enfrenta directamente las salida de aquella estación, (que tentación), observé a un par de muchachos que bordeaban los 22-25 años, de harapos cíngaros, sonrisas abundantes y bondadosas. Trabajaban creando un show híbrido particularmente grato. En el escenario, postrado frente a las mesas del bar, se posaba una tarima de 40 cm de alto, absolutamente improvisada, de color negro que moraba, según creo, un bandoneón, herramienta fundamental de uno de los músicos. El show centraba la atención en el personaje principal, un tipo de mediana estatura con una virtud elástica y una disposición que me hacían creer un mínimo de esfuerzo en cada uno de sus movimientos. Tenía, rodando en un dedo, una bola de cristal y jugueteaba con un pañuelo. De inmediato la bola subía por su brazo daba vuelta por el cuello y se posaba tranquilamente en la mano contraria al inicio del movimiento, creí en un momento que bajo su piel guardaba algún tipo de magneto para cristales, por que la bola era transportada de arriba, a bajo, de éste lado al otro, con una velocidad y precisión digna de algún aparato de alta tecnología. Pero no!, era solamente el duro trabajo y la práctica constante que aquel gracioso e impactante personaje le brindaba a su labor. El otro actor era un muchacho moreno, muy delgado, de rasgos duros y cabellos negros, que vestido de gitano (creo), y encaramado sobre su tarima mágica sonreía vasto y puro al público sin dejar de tocar el bandoneón. Aquella escena era muy contrastante. Ver al chaval feliz y derrochando placer por su trabajo, fue una tremenda discordancia, ya que el instrumento se caracteriza por su sonido melancólico transportable al tango desgarrador de Goyeneche. Fue impactante observar al público, interrumpir un buen shop helado un día de febrero a las 4 de la tarde con 33 grados de calor no es tarea fácil, fueron 5 minutos de un impacto sin tiempo, sin espacio, todo se detuvo, el viento, los pasos, las bocinas, las sonrisas y gritos desesperados, Todo. En 5 minutos el mundo fue de ellos, de los actores mágicos del día a día, de los fundadores del hacer por hacer y creer, de los verdaderos inquisidores del sistema, de ellos, los “diferentes”, los que desapercibidos se instalan en nuestra vida para sacarnos, en un suspiro, de la burbuja de una rutina que muchas veces apesta.
Para todos fue maravilloso, sublime, espacial. Para ellos, sólo 200 pesos en su gorro. El Shop era maravilloso!.
lunes, 23 de marzo de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario